Friedrich Hayek, camino de servidumbre.pdf
Notice – Section 96
La crítica de Hayek al socialismo y la planificación central
Los orígenes y contexto de 'Camino de servidumbre'
El socialismo sólo puede llevarse a la práctica con métodos que la mayoría de los socialistas desaprueban.
- En el prólogo a la edición española, Carlos Rodríguez Braun destaca que Hayek acertó plenamente en 1944 al advertir que la tradición liberal cedía ante el empuje del socialismo y el intervencionismo de todos los partidos. Sin embargo, señala que Hayek se equivocó al prever que el socialismo que se impondría sería el planificador comunista/fascista, cuando en realidad fue una variante democrática e intervencionista. Esta equivocación es matizable porque el comunismo dictatorial efectivamente se impuso sobre un porcentaje apreciable de la población mundial y gozó de gran popularidad en los años treinta y cuarenta, cuando pocas voces como la de Hayek se alzaron en su contra. El antiliberalismo campeaba en todo el mundo, y el temor a incursiones crecientes contra las libertades ciudadanas no era irracional.
- La introducción de Bruce Caldwell explica que 'Camino de servidumbre' surgió de un informe de 1933 dirigido a Sir William Beveridge, titulado "Nazi-Socialismo", donde Hayek refutaba la idea de que el nazismo era una reacción capitalista. Argumentaba que el nazismo era un "auténtico movimiento socialista" que compartía una base antiliberal con el socialismo, tendencia que había ido creciendo desde los tiempos de Bismarck. El informe se transformó en artículos en 1938 y 1939, y finalmente en el libro durante la Segunda Guerra Mundial, motivado por el temor de que los controles bélicos se perpetuaran en tiempos de paz.
- El clima intelectual de la época en Gran Bretaña y Estados Unidos era profundamente favorable a la planificación. Intelectuales, científicos y políticos de todo el espectro veían en la "planificación científica" la solución a los problemas de la depresión y la posguerra. Publicaciones como 'Nature' abogaban por que la ciencia dirigiera a la humanidad hacia una sociedad mejor. El Partido Laborista británico, en documentos como 'The Old World and the New Society' (1942), proponía una sociedad planificada que sustituyera al antiguo sistema competitivo. El Informe Beveridge de 1942, que sentó las bases del estado de bienestar británico, fue un éxito de ventas masivo, mostrando el deseo popular de una transformación social profunda tras los sacrificios de la guerra.
La publicación y recepción polémica del libro
Desde su publicación en 1944, la Chicago University Press estimaba que se habían vendido más de 350.000 ejemplares de 'Camino de servidumbre'.
- La publicación del libro enfrentó dificultades iniciales. Tres editoriales estadounidenses lo rechazaron antes de que la University of Chicago Press lo aceptara, basándose en informes de lectura contradictorios. Frank Knight fue tibio, dudando de su mercado, mientras que Jacob Marschak, aunque socialista, lo consideró una obra apasionada y necesaria para iniciar un debate. Publicado en Inglaterra en marzo de 1944 y en EE.UU. en septiembre, su éxito fue inesperado. La versión condensada en el 'Reader's Digest' de abril de 1945, con una circulación de millones, lo catapultó a la fama masiva, aunque también simplificó y a veces distorsionó su mensaje.
- La recepción fue profundamente dividida y a menudo visceral. En Inglaterra, fue examinado seriamente por su público objetivo, los intelectuales socialistas, aunque líderes laboristas lo atacaron. En Estados Unidos, la reacción fue más polarizada. La izquierda intelectual lo recibió con hostilidad; Isaiah Berlin lo llamó "el horrible doctor Hayek", y Herman Finer lo tildó de "la más siniestra ofensiva contra la democracia". Por otro lado, fue elogiado por defensores de la libre empresa y se convirtió en un icono cultural. Hayek se sintió alarmado por cómo se usaba su libro para fines partidistas y por las interpretaciones erróneas, especialmente la idea de que defendía una "tesis inevitable" hacia el totalitarismo.
- La gira de Hayek por Estados Unidos en 1945, promocionando el libro, lo expuso a grandes audiencias y le permitió establecer contactos cruciales. Encuentros con figuras como Harold Luhnow llevarían a la financiación de proyectos en la Universidad de Chicago y, eventualmente, a la fundación de la Mont Pèlerin Society en 1947, una red internacional de intelectuales liberales. Este viaje también marcó el inicio de su posterior traslado a la Universidad de Chicago, consolidando su influencia en el pensamiento económico y político del siglo XX.
El argumento central: planificación, socialismo y pérdida de libertad
La lógica inherente del colectivismo hace imposible contenerlo en una esfera limitada.
- El núcleo de la tesis de Hayek es que la planificación económica centralizada, ya sea bajo la bandera del socialismo o de otras doctrinas colectivistas, conduce inevitablemente a la pérdida de las libertades individuales y al totalitarismo. Su argumento no es principalmente histórico, sino lógico: para que una autoridad central pueda dirigir la economía de manera eficaz y conforme a un plan único, debe imponer un conjunto detallado de valores y prioridades sobre toda la sociedad. Dado que es imposible lograr un consenso unánime sobre la importancia relativa de todos los fines individuales, la autoridad se ve forzada a utilizar la coerción, la propaganda y el control político para imponer su plan.
- Hayek distingue entre la "planificación para la competencia" (establecer un marco legal general que permita el funcionamiento del mercado) y la "planificación contra la competencia" (la dirección central de los recursos). Esta última, al suprimir el mecanismo de precios, destruye el sistema de información y coordinación descentralizada que es esencial para una economía compleja. Sin precios libres, los planificadores carecen de la información necesaria para tomar decisiones eficientes sobre la producción y asignación de recursos, lo que lleva al desabastecimiento, el despilfarro y la necesidad de un control aún más estricto.
- El autor rechaza la idea de un "socialismo de mercado" o "socialismo democrático" como una vía viable. Considera que propuestas como las de Oskar Lange son ejercicios teóricos ingeniosos pero imprácticos, que ignoran los problemas dinámicos del conocimiento y la información en una economía real. En la práctica, argumenta Hayek, cualquier intento de socialismo a gran escala requerirá métodos coercitivos que sus defensores ideológicos rechazan. La experiencia de los gobiernos laboristas en la posguerra, con medidas como la conscripción laboral, confirmaría, en su opinión, esta tendencia inherente.
La democracia, el Estado de Derecho y la degradación moral
La noción fundamental de la libertad, que es la limitación del poder, ha desaparecido.
- Hayek argumenta que la planificación económica es incompatible con la democracia y el Estado de Derecho (Rule of Law). La democracia, entendida como gobierno de la mayoría, no puede funcionar si esa mayoría debe acordar un plan económico detallado; la imposibilidad de lograr un consenso lleva a delegar poderes discrecionales en una autoridad ejecutiva o burocrática. Esto erosiona el principio de que el gobierno debe actuar según normas generales y predecibles, no mediante órdenes arbitrarias y específicas. El "nuevo despotismo" surge cuando la burocracia adquiere un poder administrativo arbitrario bajo la apariencia de la legalidad.
- Un tema crucial es la tensión entre seguridad y libertad. Hayek admite la necesidad de una red mínima de seguridad social, pero advierte que la búsqueda de una seguridad absoluta y garantizada por el Estado conduce a la dependencia y, finalmente, a la servidumbre. El estado de bienestar, si se expande sin límites, destruye la responsabilidad individual y la iniciativa, creando una población pasiva y gobernable. Cita a Tocqueville para describir un "nuevo tipo de servidumbre" no basado en la tiranía abierta, sino en un poder paternalista que "cubre su superficie con una red de pequeñas reglas complicadas".
- El intervencionismo conduce a una degradación moral de la sociedad. En un sistema planificado, los criterios para ascender en la jerarquía no son el mérito o la eficiencia en servir a los consumidores, sino la lealtad al partido, la habilidad para manipular el poder y la disposición a usar la coerción. Hayek advierte que "los peores se colocan a la cabeza". Además, la necesidad de justificar el plan único requiere controlar la información y la verdad, llevando al "final de la verdad" donde la propaganda y la distorsión de los hechos se vuelven sistémicas, como se vio en los regímenes totalitarios.
La defensa del liberalismo clásico y las críticas a Hayek
En el momento en que usted admite que el extremo no es posible... está perdido según su propio argumento.
- Una crítica persistente, expresada por Keynes y otros, fue que Hayek identificaba toda intervención o planificación con totalitarismo, ofreciendo una dicotomía extrema sin indicar dónde trazar la línea entre una intervención estatal legítima y la que lleva a la servidumbre. Keynes, en una famosa carta, elogió el libro pero señaló esta debilidad, anticipando que las concesiones de Hayek al intervencionismo (como una seguridad social limitada) abrirían la puerta a una expansión estatal ilimitada en una democracia. Rodríguez Braun en el prólogo español coincide, señalando que Hayek no previó la capacidad de la democracia para legitimar un Estado intervencionista y redistribuidor a gran escala.
- Hayek se defendió de la acusación de defender una "tesis inevitable" o una "pendiente resbaladiza" inexorable. Insistió en que su libro era una advertencia, no una predicción fatalista. Su argumento era lógico: si se persigue consistentemente la planificación central, sus consecuencias serán la pérdida de libertad. Pero este resultado puede evitarse si la sociedad reconoce el peligro y cambia de rumbo. La confusión, alimentada por versiones resumidas, llevó a muchos a malinterpretarlo, como lo demuestra su correspondencia corrigiendo a Paul Samuelson.
- En sus prefacios a las ediciones de 1956 y 1976, Hayek reflexiona sobre la evolución del término "socialismo" y matiza sus posiciones. Reconoce que el socialismo en el sentido de nacionalización total ha declinado, pero advierte que el "Estado del Bienestar" (Welfare State) puede generar efectos similares de manera más lenta e indirecta mediante una regulación asfixiante, una burocracia expansiva y la erosión del Estado de Derecho. Sus obras posteriores, como 'Los fundamentos de la libertad' y 'Derecho, legislación y libertad', fueron intentos de desarrollar con mayor rigor filosófico e institucional los principios de un orden liberal viable, delimitando las funciones legítimas del Estado.
Legado y relevancia perdurable de 'Camino de servidumbre'
Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto si tienen razón como si no la tienen, son más poderosas de lo que se cree comúnmente.
- El libro se convirtió en un icono cultural y un punto de referencia fundamental en el debate del siglo XX entre planificación y mercado. Su éxito inesperado demostró el poder de las ideas. Inspiró a una generación de pensadores y activistas, como Antony Fisher, fundador del Institute of Economic Affairs y de una red global de think tanks liberales. La Mont Pèlerin Society, creada por Hayek, reunió a intelectuales como Milton Friedman, George Stigler y Karl Popper, jugando un papel crucial en el resurgimiento de las ideas liberales clásicas a partir de los años 70 y 80.
- Su advertencia sobre los peligros que los tiempos de guerra o de emergencia nacional plantean para las sociedades libres sigue siendo pertinente. Hayek señaló que la movilización bélica justifica una expansión masiva del poder estatal y controles centralizados, y que existe el riesgo de que estas medidas se vuelvan permanentes. Los políticos pueden invocar metáforas de guerra (contra la pobreza, las drogas, el terror) para consolidar poderes excepcionales, erosionando las libertades civiles bajo la promesa de seguridad.
- La obra de Hayek, y 'Camino de servidumbre' en particular, representa una defensa elocuente de los principios del liberalismo clásico: la libertad individual, la propiedad privada, el Estado de Derecho y los mercados abiertos como mecanismos de coordinación social y descubrimiento de conocimiento. Su crítica al racionalismo constructivista y su énfasis en los límites del conocimiento y los órdenes espontáneos han influido profundamente en la economía, la ciencia política, la filosofía y el derecho. El libro es, en última instancia, una llamada a la humildad intelectual y a la vigilancia constante para preservar una sociedad libre frente a las siempre presentes tentaciones del poder concentrado y la planificación utópica.
Section 97 – Section 187
La critique du collectivisme et la défense de l'individualisme libéral
L'abandon de la tradition libérale
Hemos abandonado progresivamente aquella libertad en materia económica sin la cual jamás existió en el pasado libertad personal ni política.
- Hayek constate un abandon progressif, depuis environ vingt-cinq ans, des principes fondamentaux de la civilisation occidentale, fondés sur l'individualisme, la liberté personnelle et politique. Cette évolution, amorcée avant même la montée des totalitarismes, représente une rupture complète avec l'héritage libéral des siècles précédents, hérité de penseurs comme Locke, Milton, Adam Smith et les humanistes de la Renaissance. Il souligne que l'Angleterre elle-même, bien qu'ayant suivi ce chemin plus lentement que d'autres nations européennes, a considérablement transformé son système économique entre 1931 et 1938, s'éloignant ainsi du libéralisme du XIXe siècle.
- Cet abandon est d'autant plus tragique qu'il va à l'encontre des avertissements formulés par des penseurs libéraux comme Tocqueville et Lord Acton, qui avaient prophétisé que le socialisme mènerait à la servitude. Hayek déplore que le lien entre les idéaux socialistes et l'émergence de nouvelles formes d'esclavage (le totalitarisme) soit largement oublié. Il cite également l'avertissement plus récent d'Hilaire Belloc dans The Servile State, qui décrivait le socialisme comme produisant un « État de serfs », une prédiction qu'il estime terriblement vérifiée par les événements en Allemagne.
- L'individualisme, aujourd'hui discrédité et associé à l'égoïsme, est pour Hayek le fondement de la civilisation occidentale. Il le définit non par l'égoïsme, mais par le respect de l'individu en tant que tel, la reconnaissance de ses opinions et de ses goûts comme suprêmes dans sa propre sphère, et la croyance au développement des dons et inclinaisons personnelles. Ce principe, né avec le christianisme, la philosophie antique et pleinement épanoui à la Renaissance, est intimement lié au développement du commerce et s'est propagé depuis les cités italiennes vers l'Europe du Nord-Ouest.
- Le succès même du libéralisme est, selon Hayek, à l'origine de son déclin. L'extraordinaire augmentation du niveau de vie et le sentiment de pouvoir sur son propre destin créé par le système libéral ont nourri des ambitions démesurées. Le rythme du progrès, pourtant sans précédent, a été jugé trop lent. Les principes qui avaient rendu ce progrès possible (la liberté économique, la concurrence) ont commencé à être perçus comme des obstacles à surmonter pour aller plus vite, plutôt que comme les conditions nécessaires à la préservation des acquis.
- Hayek rejette l'idée que le libéralisme soit un credo statique ou dogmatique, insistant notamment sur le principe du laissez-faire. Il admet que l'insistance rigide de certains libéraux sur des règles rudimentaires a nui à la cause libérale. Le véritable principe libéral est de faire un usage maximal des forces spontanées de la société et un recours minimal à la coercition. L'évolution nécessaire du libéralisme devait consister en une compréhension intellectuelle plus fine de ces forces sociales pour améliorer progressivement le cadre institutionnel, à la manière d'un jardinier soignant une plante.
La grande utopie socialiste
Lo extraordinario es que el mismo socialismo que no sólo se consideró primeramente como el ataque más grave contra la liberté, sino que comenzó por ser abiertamente una reacción contra el liberalismo de la Revolución francesa, ganó la aceptación general bajo la bandera de la libertad.
- Hayek retrace l'évolution intellectuelle du socialisme, qui est né comme une doctrine franchement autoritaire. Les premiers socialistes français, comme Saint-Simon, envisageaient sa mise en œuvre par une dictature forte et une réorganisation hiérarchique de la société, n'hésitant pas à menacer de traiter les récalcitrants « comme du bétail ». Ce n'est que sous l'influence des courants démocratiques précédant 1848 que le socialisme s'est allié à la rhétorique de la liberté, donnant naissance au « socialisme démocratique ».
- Il analyse la subtile perversion sémantique opérée par la propagande socialiste : la promesse d'une « nouvelle liberté ». Alors que la liberté traditionnelle signifiait l'absence de coercition et de pouvoir arbitraire, la « liberté économique » promise par les socialistes signifie la libération de la nécessité matérielle, c'est-à-dire l'égalité dans la répartition des richesses. Cette confusion entre liberté et pouvoir (ou richesse) a permis au socialisme de séduire de nombreux libéraux en usurpant le langage de la liberté.
- L'auteur souligne l'échec tragique de cette promesse. Il cite de nombreux observateurs (Max Eastman, W.H. Chamberlin, F.A. Voigt, Peter Drucker) qui, après avoir étudié de près l'URSS, l'Allemagne et l'Italie, concluent que le socialisme mène non à la liberté, mais à la dictature, à la guerre civile et à une servitude pire que sous le fascisme. Il note la facilité avec laquelle de jeunes communistes ou socialistes se convertissent au nazisme ou au fascisme, signe d'une parenté idéologique profonde contre l'ennemi commun : le libéral individualiste.
- Eduard Heimann, un socialiste religieux allemand, est cité pour reconnaître que le libéralisme est la doctrine la plus haïe par Hitler, précisément parce qu'il représente l'antithèse du totalitarisme. Hayek conclut que le « socialisme démocratique », la grande utopie des générations passées, est non seulement inaccessible, mais que la tentative de l'atteindre produit un résultat radicalement différent et indésirable : la servitude.
Individualisme et collectivisme
Los socialistas creen en dos cosas que sont absolutamente diferentes y hasta quizá contradictorias: libertad y organización.
- Hayek commence par clarifier une confusion fondamentale autour du terme « socialisme ». Il distingue les fins du socialisme (justice sociale, égalité, sécurité) de ses moyens caractéristiques : l'abolition de l'entreprise privée et la création d'une « économie planifiée » dirigée par un organisme central. Beaucoup soutiennent les fins sans comprendre les moyens, tandis que d'autres rejettent le socialisme à cause des dangers inhérents à ses méthodes.
- Il propose d'utiliser le terme « collectivisme » pour désigner la méthode de la planification économique centrale, qui peut être utilisée pour une grande variété de fins (socialistes, racistes, élitistes). Le socialisme n'est alors qu'une espèce de collectivisme. Cette distinction est cruciale car les conséquences néfastes qu'il analyse découlent des méthodes du collectivisme en général, indépendamment des fins particulières visées.
- Hayek précise le sens de la « planification » dans ce débat. Il ne s'agit pas de l'action rationnelle et prévoyante en général, que tout le monde approuve. La planification contestée est la « direction centralisée de toute l'activité économique selon un plan unique », qui détermine consciemment l'allocation des ressources pour servir des fins particulières. C'est l'alternative à un système où l'État se limite à créer un cadre juridique permanent permettant la coordination des plans individuels par la concurrence.
- Le libéralisme économique défend la concurrence comme le meilleur moyen de coordonner les efforts humains sans coercition arbitraire. Cela n'implique pas un dogmatique laissez-faire. Un système de concurrence efficace nécessite un cadre juridique intelligent et évolutif pour prévenir la fraude, réguler les monopoles naturels, fournir certains services publics et gérer la monnaie. L'action de l'État est donc nécessaire, mais elle doit viser à rendre la concurrence plus efficace, non à la supplanter.
La prétendue « inévitabilité » de la planification
Fuimos los primeros en afirmar que conforme la civilización asume formas más complejas, más tiene que restringirse la libertad del individuo.
- Hayek s'attaque au mythe selon lequel le progrès technologique rendrait inévitable la disparition de la concurrence et la montée des monopoles, nécessitant la planification. Il cite le rapport final du Temporary National Economic Committee américain, qui conclut que la supériorité des grandes entreprises n'est pas démontrée et que le monopole est souvent le produit de collusions et de politiques gouvernementales, non d'une nécessité technologique.
- Il examine l'ordre historique du déclin de la concurrence, qui est apparu d'abord en Allemagne et aux États-Unis à la fin du XIXe siècle, bien avant qu'en Grande-Bretagne. En Allemagne en particulier, la création de cartels et de syndicats a été systématiquement favorisée par une politique délibérée de l'État à partir de 1878, via le protectionnisme et la coercition. Cela démontre que cette évolution est le résultat d'une politique consciente, non d'une fatalité technologique ou du « capitalisme ».
- Hayek réfute également l'argument selon lequel la complexité de la civilisation industrielle moderne exigerait une planification centrale. Au contraire, c'est cette complexité extrême de la division du travail qui rend la concurrence et le système des prix indispensables. Aucun centre ne peut recueillir et traiter toute l'information dispersée parmi des millions d'individus. Le système des prix agit comme un mécanisme de transmission automatique de l'information, permettant une coordination décentralisée et efficace que la planification centrale, « incroyablement grossière et primitive », ne pourrait jamais égaler.
- Il reconnaît que dans de rares cas, la standardisation obligatoire pourrait offrir un avantage technique immédiat (comme un type unique de voiture moins cher). Cependant, sacrifier la liberté de choix pour un gain matériel présent revient à sacrifier la variété, qui est le moteur même du progrès futur. La planification, souvent défendue par des spécialistes frustrés de ne pas voir leurs idéaux techniques réalisés, conduit en réalité à imposer les échelles de valeurs de ces spécialistes à l'ensemble de la société.
Planification et démocratie
El gobernante que intentase dirigir a los particulares en cuanto a la forma de emplear sus capitales, no sólo echaría sobre sí el cuidado más innecesario, sino que se arrogaría una autoridad que no fuera prudente confiar ni siquiera a Consejo o Senado alguno.
- Le collectivisme, sous toutes ses formes (socialisme, fascisme), aspire à organiser toute la société et ses ressources vers un objectif social unique. Ce « bien commun » est en réalité une notion vague qui masque l'absence d'accord sur une hiérarchie de valeurs concrète. Diriger toute l'activité économique selon un plan unique exigerait un code éthique complet régissant tous les aspects de la vie, ce qui n'existe pas dans une société libre où les individus ont des valeurs différentes.
- L'individualisme part du constat que l'esprit humain ne peut embrasser qu'une fraction infime des besoins de la société entière. Il en conclut que l'individu doit être le juge suprême de ses propres fins dans sa sphère. L'action collective ne doit intervenir que là où il existe un accord sur des fins communes, qui sont souvent des moyens servant une variété de buts individuels.
- Hayek démontre l'incompatibilité entre planification centralisée et procédure démocratique. Un parlement est incapable de produire un plan économique cohérent car il ne peut parvenir à un accord majoritaire sur l'infinité de choix concrets que suppose un tel plan (quelle industrie développer, quel prix fixer, etc.). La planification exige que des décisions soient prises sur des milliers de détails techniques qui impliquent en réalité des arbitrages entre des valeurs conflictuelles.
- Face à cette impuissance, la tentation est grande de déléguer les pouvoirs à des experts ou à des organismes autonomes, puis finalement de réclamer un « dictateur économique » pour faire avancer les choses. Hayek cite Élie Halévy notant cette tentation chez des personnalités britanniques aussi diverses que Lord Eustace Percy, Sir Oswald Mosley et Sir Stafford Cripps. En Allemagne, la démocratie s'était effondrée avant même l'arrivée d'Hitler, ouvrant la voie à la dictature.
- La démocratie n'est pas une fin en soi, mais un moyen utilitaire pour sauvegarder la paix intérieure et la liberté individuelle. Elle ne peut fonctionner que si les fonctions de l'État sont limitées à des domaines où un accord majoritaire est possible. Lorsque la démocratie entreprend la planification, qui exige un pouvoir arbitraire, elle se détruit elle-même et conduit inévitablement à une forme de dictature, fût-elle plébiscitaire.
Planification et État de droit
Nada distingue con más claridad las condiciones de un país libre de las que rigen en un país bajo un gobierno arbitrario que la observancia, en aquél, de los grandes principios conocidos bajo la expresión Estado de Derecho.
- L'État de droit (Rule of Law) signifie que l'État est soumis à des règles fixes et connues à l'avance, permettant aux individus de prévoir son action et de planifier leurs propres affaires en conséquence. Il limite au maximum le pouvoir discrétionnaire des organes exécutifs. Sous l'État de droit, le gouvernement fixe des règles générales et formelles (comme un code de la route) qui définissent les conditions d'utilisation des ressources, laissant aux individus le choix des fins.
- La planification économique, en revanche, exige nécessairement un gouvernement arbitraire. L'autorité planificatrice doit constamment prendre des décisions spécifiques (combien de porcs engraisser, quels prix fixer pour les chaussures) en fonction des circonstances du moment et en arbitrant entre les intérêts conflictuels de différents groupes. Ces décisions, qui impliquent des jugements de valeur, deviennent la loi du pays et sont imposées par la coercition de l'État.
- Hayek souligne que l'impartialité du législateur n'est possible que si les lois sont de nature formelle et que leurs effets particuliers sur des individus spécifiques ne sont pas connus à l'avance. Dès que l'État cherche à produire des effets particuliers et prévisibles (comme une distribution spécifique de la richesse), il doit nécessairement prendre parti et imposer ses propres évaluations, détruisant ainsi son impartialité et l'État de droit.
- Il retrace le déclin de l'État de droit en Allemagne avant Hitler, accéléré par une politique de planification avancée. La planification implique un retour au « statut » (où la position de l'individu est fixée par l'autorité) et une inversion du mouvement historique décrit par Henry Maine, allant du statut au contrat. L'égalité formelle devant la loi est incompatible avec toute politique visant délibérément à une égalité matérielle substantielle, car celle-ci exige de traiter les gens différemment.
- Conférer à l'État des pouvoirs illimités pour planifier permet de légaliser l'arbitraire le plus complet. Hayek critique les tentatives, comme celle de H.G. Wells, de concilier une déclaration des droits de l'homme avec la planification, montrant que les clauses échappatoires (« dans l'intérêt du bien commun ») vident ces droits de toute substance. Le contrôle économique total confère à l'État un pouvoir de discrimination et d'oppression presque illimité, comme l'ont montré les expériences de l'Europe centrale.
Contrôle économique et totalitarisme
El control de la producción de riqueza es el control de la vida humana misma.
- Hayek rejette l'idée rassurante selon laquelle la planification ne concernerait que les « simples » questions économiques, laissant intactes la démocratie politique et les libertés supérieures. Il argue qu'il n'existe pas de « mobiles économiques » séparés. L'activité économique concerne l'acquisition de moyens généraux (l'argent) pour atteindre pratiquement toutes nos fins, qu'elles soient matérielles ou spirituelles. Contrôler les moyens, c'est contrôler toutes les fins.
- Dans une économie de marché, une perte économique nous force généralement à sacrifier nos désirs les moins importants. Dans une économie planifiée, c'est le planificateur qui décide, à notre place, de ce qui est important ou marginal. L'autorité qui dirige toute l'activité économique dispose d'un pouvoir de monopole absolu. Elle décide non seulement de ce qui est produit, mais aussi de sa distribution, pouvant discriminer entre les personnes et les groupes selon ses propres critères.
- Ce contrôle s'étend inévitablement à la sphère professionnelle. La « libre choix de l'emploi » promis par les planificateurs est illusoire. Pour planifier, l'autorité doit contrôler l'accès aux professions et les conditions de rémunération. La sélection se fera sur la base de critères « objectifs » standardisés, éliminant la possibilité pour un individu de compenser un manque par un plus grand désir ou un sacrifice. La diversité humaine sera réduite à quelques catégories interchangeables.
- Hayek réfute le mythe de la « pléthore potentielle » utilisé par la propagande socialiste pour laisser croire que le problème économique (la rareté) est résolu et que le choix douloureux n'est plus nécessaire. Il cite l'économiste Colin Clark pour affirmer que l'ère de l'abondance est encore lointaine. La planification est donc défendue non pour sa supériorité productive (argument largement abandonné), mais pour permettre une redistribution « juste » de la richesse.
- La planification moderne est radicalement différente des réglementations économiques des siècles passés. Avec l'extrême division du travail, presque toutes nos activités font partie d'un processus social. Une direction centrale contrôlerait donc une part bien plus grande de notre vie. La passion pour la « satisfaction collective des besoins » prépare le terrain au totalitarisme en cherchant à organiser même les loisirs. La véritable liberté économique n'est pas l'absence de souci matériel, mais la liberté d'entreprendre, avec le risque et la responsabilité qui l'accompagnent.
Qui, à qui ? La question de la justice distributive
La más sublime oportunidad que alguna vez tuvo el mundo se malogró porque la pasión por la igualdad hizo vana la esperanza de libertad.
- Hayek aborde l'objection selon laquelle le système de concurrence est « aveugle » et injuste car il distribue récompenses et revers en fonction de la capacité et de la chance, et non du mérite. Il rappelle que l'aveuglement est aussi un attribut de la justice. L'alternative à un système où le sort dépend de processus impersonnels (concurrence, loi) est un système où il dépend de la volonté délibérée de quelques personnes, ce qui est bien plus arbitraire.
- Il reconnaît que les inégalités de départ, notamment dues à la propriété privée et à l'héritage, limitent l'égalité des chances. Cependant, même avec ces limitations, un pauvre dans une société compétitive comme l'Angleterre dispose de plus de liberté réelle (changer de travail, de lieu, d'opinion) qu'un petit entrepreneur en Allemagne ou un ingénieur bien payé en URSS, où tout dépend du bon vouloir des puissants.
- Hayek met en garde contre une illusion dangereuse : croire que la nationalisation des moyens de production ne ferait que transférer un pouvoir existant. En réalité, elle crée un pouvoir nouveau et bien plus grand. Dans une économie de marché, aucun propriétaire individuel n'a le pouvoir exclusif de déterminer le revenu et la position d'une autre personne. Si tous les moyens de production sont concentrés entre les mains de l'État (ou d'un dictateur), celui qui les contrôle dispose d'un pouvoir complet sur tous les individus.
- La propriété privée est donc la garantie la plus importante de la liberté, non seulement pour les propriétaires, mais aussi pour les non-propriétaires, car elle divise et disperse le pouvoir économique. Sa défense est essentielle pour préserver la liberté individuelle contre la concentration totale du pouvoir entre les mains de l'État planificateur.
Section 188 – Section 277
La planificación económica y la amenaza a la libertad individual
La propiedad privada y la libertad
La institución de la propiedad privada es una de las principales cosas que han dado al hombre aquella limitada cantidad de libertad e igualdad que Marx esperaba hacer infinita aboliendo esta institución.
- Hayek argumenta que la propiedad privada es fundamental para la libertad individual, ya que permite a las personas tener independencia económica y escapar de la dependencia total del Estado. Sin propiedad, los individuos quedan a merced de quienes controlan los recursos, ya sean empleadores privados o, más peligrosamente, funcionarios estatales. La abolición de la propiedad privada, lejos de crear igualdad, concentra todo el poder en manos del planificador central, eliminando las vías alternativas para la riqueza y el honor fuera del control gubernamental. Esto convierte al Estado en el único patrono y árbitro de la vida de las personas.
- El autor contrasta el poder de un multimillonario, que es limitado y específico, con el poder coercitivo ilimitado de un funcionario estatal en una sociedad planificada. En un sistema de mercado, el poder económico está disperso y es impersonal, mientras que en una economía dirigida, el poder político y económico se fusionan, creando una dependencia total. La cita de Max Eastman subraya esta paradoja: el capitalismo y su mercado libre fueron condiciones previas para las libertades democráticas, y su abolición amenaza con hacer desaparecer esas mismas libertades.
La planificación y el problema de la distribución
¿Quién planifica a quién? ¿Quién dirige y domina a quién? ¿Quién asigna a los demás su puesto en la vida y quién tendrá lo que es suyo porque otros se lo han adjudicado?
- Una vez que el Estado asume la planificación económica total, la cuestión central se convierte en decidir la posición y los ingresos de cada individuo y grupo. Esto transforma todas las cuestiones económicas y sociales en cuestiones políticas, donde la solución depende únicamente de quién detente el poder coercitivo. La famosa frase de Lenin, "¿Quién, a quién?", resume este problema universal de una sociedad socialista: es una lucha por el poder para determinar la vida de los demás.
- Hayek explica que es imposible para un planificador limitarse a organizar la producción sin influir decisivamente en la distribución del ingreso. La interdependencia de los fenómenos económicos obliga al planificador a extender su control cada vez más. Además, cuando las personas perciben que su posición social no es resultado de fuerzas impersonales del mercado, sino de decisiones deliberadas de una autoridad, su actitud cambia. La desigualdad se vuelve intolerable y humillante cuando es impuesta por designio humano, generando un descontento dirigido hacia el poder estatal.
La ilusión de la justicia distributiva y la igualdad
Lo que el socialismo prometió no fue una distribución absolutamente igualitaria, sino una más justa y más equitativa. No la igualdad en sentido absoluto, sino una 'mayor igualdad', es el único objetivo que se ha propuesto seriamente.
- El autor desmonta la idea de que la planificación pueda guiarse por un principio claro de justicia distributiva. Mientras que la igualdad absoluta proporcionaría una guía concreta (aunque indeseable e impracticable), la vaga aspiración a una "mayor igualdad" o una distribución "más justa" no ofrece respuestas a las innumerables decisiones sobre méritos relativos que el planificador debe tomar. Esta fórmula es esencialmente negativa y no libera al planificador de tener que decidir arbitrariamente entre los méritos de individuos y grupos particulares.
- Conceptos como "precio justo" o "salario equitativo" surgieron y sólo tienen sentido dentro de un sistema de competencia. En una economía planificada, el planificador decide simultáneamente qué producir y en qué cantidad, lo que determina a su vez lo que será un "precio justo". Al fijar la importancia relativa de diferentes fines, el planificador decide también la importancia relativa de diferentes personas y profesiones, ejerciendo un control directo sobre la situación de cada individuo. John Stuart Mill ya advirtió que la gente podría aceptar una norma inmutable como la igualdad, pero nunca someterse a que un puñado de personas pese y distribuya según su propio gusto y juicio.
La creación del consenso y el adoctrinamiento totalitario
No es la convicción racional, sino la aceptación de un credo, lo que se requiere para justificar un particular plan.
- El éxito de la planificación central exige crear una opinión común sobre los valores esenciales, lo que requiere la aceptación de una Weltanschauung (concepción del mundo) definida. Los socialistas, en su esfuerzo por crear un movimiento de masas basado en una visión uniforme, fueron pioneros en desarrollar muchos de los instrumentos de adoctrinamiento que luego emplearían con eficacia nazis y fascistas. Esto incluye organizaciones que abarcan todas las actividades del individuo desde la infancia, clubs deportivos y recreativos controlados por el partido, uniformes y saludos especiales, y la supervisión de la vida privada a través de "células".
- Inicialmente, el movimiento socialista se vinculó a los intereses de un grupo específico (como los trabajadores industriales). Sin embargo, a medida que avanza el socialismo y queda claro que el Estado determina los ingresos de todos, surgen conflictos entre diferentes grupos que ven amenazada su posición relativa. Esto lleva al surgimiento de movimientos socialistas rivales. El fascismo y el nacionalsocialismo son presentados como una especie de "socialismo de la clase media" o de las nuevas clases desfavorecidas (empleados, profesionales) que se rebelan contra la "aristocracia del trabajo" creada por los sindicatos obreros más fuertes. La lucha se convierte en una entre facciones socialistas rivales por determinar qué jerarquía social se impondrá.
Seguridad económica y libertad
Aquellos que cederían la libertad esencial para adquirir una pequeña seguridad temporal no merecen ni libertad ni seguridad.
- Hayek distingue entre dos tipos de seguridad: 1) La seguridad contra la privación material grave (un mínimo vital), que puede proporcionarse a todos sin peligrar la libertad general. 2) La seguridad de un ingreso determinado o de una posición relativa, que sólo puede darse a algunos mediante el control o abolición del mercado, y que es incompatible con la libertad. La primera es legítima y posible en una sociedad rica; la segunda conduce al totalitarismo.
- Garantizar a todos un ingreso fijo independiente de su utilidad social elimina los incentivos para los cambios necesarios en la economía y obliga a realizar esos cambios mediante órdenes directas. En una sociedad donde el ingreso está garantizado, la elección del trabajo no puede dejarse al individuo, sino que debe decidirla la autoridad planificadora. El autor compara la organización de una sociedad planificada con la militar, donde se obtiene seguridad a cambio de libertad y obediencia. La búsqueda de este tipo de seguridad mediante privilegios para grupos específicos (restriccionismo) aumenta la inseguridad del resto y rigidiza la sociedad, destruyendo las oportunidades y generando paro.
La selección negativa de los líderes totalitarios
Todo poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente.
- Hayek argumenta que los rasgos más repulsivos de los regímenes totalitarios no son accidentales, sino consecuencias necesarias del sistema. En una sociedad que tiende al totalitarismo, tienen más probabilidades de éxito los individuos sin escrúpulos. Esto se debe a tres principios de selección negativa: 1) Sólo se puede lograr un acuerdo amplio y homogéneo descendiendo al nivel moral e intelectual más bajo, al "mínimo común denominador". 2) Se atraerá a los dóciles y crédulos, sin convicciones firmes propias. 3) Es más fácil unir a la gente en torno a un programa negativo (odio a un enemigo, envidia) que a una tarea positiva.
- El colectivismo, por su naturaleza, tiende al particularismo (nacionalismo, racismo) y no al internacionalismo, porque la comunidad de fines presupone una gran semejanza entre sus miembros. Un colectivista consecuente no puede extender sus principios igualitarios a toda la humanidad, sino sólo a su propio grupo nacional o racial. La filosofía colectivista glorifica el poder en sí mismo y rechaza los conceptos humanitarios e individualistas de la civilización occidental. En una sociedad totalitaria, los puestos de poder no atraen a personas con fuertes convicciones morales individualistas, sino a aquellos dispuestos a hacer cualquier cosa por el "bien del conjunto", donde el principio de que "el fin justifica los medios" se convierte en la norma suprema.
El control totalitario de la información y la verdad
La nacionalización del pensamiento ha marchado por doquier pari passu con la nacionalización de la industria.
- En un Estado totalitario, la propaganda no sirve para debatir, sino para moldear todas las mentes en la misma dirección (Gleichschaltung). Su objetivo no es sólo imponer un código de valores, sino también controlar la información sobre los hechos. El planificador, para justificar sus decisiones arbitrarias, debe crear doctrinas oficiales o "mitos" (como la doctrina racial nazi) que se convierten en verdades incuestionables. Se suprime toda información que pueda generar dudas sobre el sistema.
- Este control se extiende a todos los campos del conocimiento, incluidas las ciencias más abstractas, pues cualquier investigación desinteresada podría producir resultados imprevistos. La palabra "verdad" deja de significar algo que debe descubrirse, para convertirse en lo que la autoridad establece en interés de la unidad del esfuerzo organizado. Se produce una perversión sistemática del lenguaje (libertad, justicia, ley), vaciando las palabras de su significado original. La libertad intelectual, aunque sólo la ejerza una minoría, es esencial para el progreso, ya que permite la interacción de ideas diversas. "Planificar" el desarrollo espiritual es una contradicción que termina por paralizar el pensamiento.
Las raíces socialistas del nacionalsocialismo alemán
Todas las fuerzas antiliberales se están combinando contra todo lo que es liberal.
- El nacionalsocialismo no es un movimiento irracional sin trasfondo intelectual, sino la culminación de una larga evolución ideológica colectivista y antiliberal en la que participaron pensadores alemanes y de otros países (Carlyle, Chamberlain, Comte, Sorel). Figuras socialistas o exmarxistas como Werner Sombart, Johann Plenge y Paul Lensch desempeñaron un papel clave en esta transición. Tras la Primera Guerra Mundial, fusionaron el socialismo con el nacionalismo, oponiendo las "Ideas de 1914" (organización, comunidad, poder) a las "Ideas de 1789" (libertad, igualdad, fraternidad).
- Estos autores argumentaban que Alemania, con su economía organizada y cartelizada, representaba una etapa superior, "socialista", frente al individualismo comercial inglés. La guerra era vista como un conflicto entre estos dos principios. Plenge llegó a afirmar que la economía de guerra alemana era "la primera realización de una sociedad socialista". Esta ideología, que equiparaba prusianismo y socialismo como enemigos del liberalismo inglés, fue recogida por Oswald Spengler y, sobre todo, por A. Moeller van den Bruck, cuyo libro Das dritte Reich influyó directamente en Hitler. El nazismo surgió así de la fusión del socialismo radical y el conservadurismo, uniendo a las fuerzas anticapitalistas de derecha e izquierda contra el liberalismo.
La penetración de las ideas totalitarias en Inglaterra
Cuando la autoridad se presenta con la apariencia de organización, muestra un encanto tan fascinador que puede convertir las comunidades de gentes libres en Estados totalitarios.
- Hayek advierte que muchas de las ideas que prepararon el terreno para el totalitarismo en Alemania están ganando influencia en la Inglaterra de su tiempo. Señala una creciente semejanza entre los criterios económicos de la derecha y la izquierda británicas, y un desprecio común por la tradición liberal del siglo XIX. Autores como el profesor E.H. Carr, con su "realismo" que subordina la moral a la política y su admiración por la planificación central a gran escala (Grossraumwirtschaft), ejemplifican esta tendencia.
- También critica la actitud de algunos científicos e intelectuales británicos que, fascinados por la "organización científica" de la sociedad, defienden la planificación totalitaria, menosprecian la libertad individual y creen que la ciencia puede dictar juicios éticos. El libro del Dr. C.H. Waddington, The Scientific Attitude, es citado como ejemplo de esta peligrosa deriva, donde se justifica un sistema centralizado y totalitario en nombre de la eficiencia y el progreso científico. Hayek ve en esto un eco del papel que desempeñaron los intelectuales y científicos alemanes al servir al régimen nazi, y recuerda la advertencia de Julien Benda sobre la "traición de los clérigos" (intelectuales).
Section 278 – Section 356
La amenaza del colectivismo y la defensa de la libertad individual
Las fuerzas internas hacia el totalitarismo
El impulso del movimiento hacia el totalitarismo proviene principalmente de los dos grandes grupos de intereses: el capital organizado y el trabajo organizado.
- El análisis identifica que la principal amenaza para la libertad no proviene de movimientos políticos marginales, sino de la convergencia de intereses entre el capital monopolista organizado y el trabajo organizado. Ambos grupos, a menudo de forma concertada, apoyan la organización monopolista de la industria, buscando seguridad y altos ingresos a expensas de la competencia. Esta alianza crea estructuras de poder semi-independientes o "estamentos" que, aunque inicialmente dirigidas por intereses privados, inevitablemente atraen la intervención y el control estatal. El autor argumenta que los empresarios que aspiran a los beneficios de la competencia junto con la seguridad del funcionario público están engañándose, ya que el Estado no tolerará indefinidamente que un poder tan enorme permanezca en manos privadas.
- Se subraya la responsabilidad de los intelectuales y de la izquierda en este proceso. Aunque los capitalistas iniciaron la tendencia monopolista, ésta se volvió irresistible gracias al apoyo de otros grupos a quienes se persuadió de que el monopolio servía al interés público o se les permitió participar en sus ganancias. Un cambio crucial en la opinión pública, influenciado por la propaganda de la izquierda contra la libre competencia, facilitó leyes y jurisprudencia que fortalecieron el monopolio. Incluso medidas aparentemente dirigidas contra los monopolistas a menudo terminaron reforzando su poder, creando una red de intereses privilegiados que se benefician a expensas de la comunidad y, especialmente, de los más pobres.
El problema del monopolio y las falsas soluciones
Un Estado que se enredase por completo en la dirección de empresas monopolistas poseería un poder aplastante sobre el individuo, pero, sin embargo, sería un Estado débil en cuánto a su libertad para formular una política.
- El autor critica la idea de que la solución al monopolio sea la estatización. Un monopolio privado, argumenta, rara vez es completo o duradero, ya que siempre enfrenta la competencia potencial. En cambio, un monopolio estatal está protegido contra ambas, convirtiéndose en un poder permanente e incontestable. Cuando el organismo que debe controlar el abuso (el Estado) se identifica con los intereses de los administradores del monopolio, se pierde toda esperanza de que éste sirva al interés común. El Estado se debilita para formular políticas independientes y se identifica más con los burócratas que con el pueblo.
- Se propone como alternativa preferible un fuerte control estatal sobre los monopolios privados, similar al modelo estadounidense de regulación de servicios públicos, que incluya una rigurosa intervención en los precios para eliminar beneficios extraordinarios. Aunque este método pueda resultar en cierta ineficiencia en los servicios, se considera un precio menor comparado con la amenaza a la libertad individual que supone un monopolio estatal omnipresente. El objetivo es hacer de la posición del monopolista la menos deseable, confinando el monopolio sólo a áreas donde sea inevitable y estimulando la innovación de sustitutos competitivos.
La traición del movimiento obrero a sus ideales
Los dirigentes obreros, que ahora anuncian con tanto ruido haber «acabado de una vez y para siempre con el absurdo sistema de la libre competencia», están proclamando el ocaso de la libertad del individuo.
- Hayek presenta un análisis sombrío de la evolución del movimiento obrero, que originalmente luchaba contra los privilegios pero que ha caído bajo la influencia de doctrinas contrarias a la libre competencia. Al aliarse con el capital organizado en la búsqueda de privilegios monopolistas, los grupos obreros privilegiados participan de ganancias a expensas de la comunidad, especialmente de los trabajadores en industrias peor organizadas y los desempleados. Esta colaboración hace que el monopolio sea políticamente más peligroso y poderoso.
- El autor examina específicamente el programa del Partido Laborista británico de la época, encontrándolo indistinguible en lenguaje y detalles de los sueños socialistas alemanes de décadas anteriores. Peticiones como el mantenimiento en tiempos de paz de los controles de guerra o la planificación central para una "economía equilibrada" y el "consumo comunitario" son, para Hayek, señales de un movimiento reaccionario que amenaza los avances liberales del pasado. La sustitución de los partidos progresistas tradicionales por este tipo de socialismo planificador representa, en su visión, el "decisivo cambio acaecido en nuestro tiempo" y una fuente de peligro mortal para la libertad.
Condiciones materiales versus libertad y moral
Lo que nuestra generación corre el peligro de olvidar no es sólo que la moral es necesariamente un fenómeno de la conducta individual, sino, además, que sólo puede existir en la esfera en que el individuo es libre para decidir por sí y para sacrificar sus ventajas personales ante la observancia de la regla moral.
- Este capítulo desafía la noción del "final del hombre económico", argumentando que, por el contrario, la generación actual está más gobernada por doctrinas económicas y menos dispuesta a someterse a necesidades económicas impersonales. La "economofobia" o el odio a las fuerzas del mercado, nacido de la frustración ante obstáculos incomprensibles, conduce a una rebelión contra cualquier norma cuya razón no se entienda plenamente. Sin embargo, en una civilización compleja, la sumisión a fuerzas impersonales (el mercado) es lo que ha hecho posible el progreso, y la alternativa es la sumisión a la voluntad arbitraria de otros hombres.
- Hayek vincula el colectivismo con la erosión de la moral individual. La moral, argumenta, sólo tiene sentido donde existe responsabilidad y libertad para elegir, incluso para sacrificar el interés propio. Un sistema que promete relevar al individuo de la responsabilidad de su propia vida (como el propuesto por Sir Richard Acland) es intrínsecamente antimoral. El colectivismo destruye virtudes esenciales para una sociedad libre como la independencia, la autoconfianza, la voluntad de asumir riesgos y el coraje de mantener convicciones frente a la mayoría, sin ofrecer nada a cambio excepto obediencia y coerción.
La pérdida de los valores británicos y la propaganda ineficaz
En ninguna parte se manifiesta tanto esta pérdida de fe en los valores específicos de la civilización británica, y en ninguna parte ha ejercido un efecto más entorpecedor para la prosecución de nuestro gran objetivo inmediato, como en la fatua ineficacia de casi toda la propaganda británica.
- El autor, escribiendo como un extranjero que admira a Inglaterra, lamenta el desprecio de los intelectuales británicos, especialmente de izquierda, por las tradiciones e instituciones que forjaron el carácter nacional: la independencia, la confianza en sí mismo, la iniciativa individual, la responsabilidad local, la tolerancia y el recelo saludable hacia el poder. Estas virtudes, producto de un cultivo de lo espontáneo, están siendo destruidas por las tendencias centralizadoras del colectivismo.
- Esta pérdida de fe en sus propios valores, sostiene Hayek, es la causa principal de la ineficacia de la propaganda británica durante la guerra. Para ser efectiva, la propaganda debe reconocer con orgullo los valores distintivos de la civilización propia. En cambio, los propagandistas británicos, imbuidos de ideas extranjeras, son incapaces de ofrecer una alternativa convincente al totalitarismo. Para atraer a los elementos honrados de los países enemigos, no se debe seguir a medias el camino totalitario, sino recuperar la fe en la tradición de libertad, felicidad individual, tolerancia e independencia que caracterizó a Inglaterra.
Los peligros de la planificación económica internacional
Imaginarse que la vida económica de una vasta área que abarque muchos pueblos diferentes puede dirigirse o planificarse por procedimientos democráticos, revela una completa incomprensión de los problemas que surgirían.
- Hayek advierte que la planificación económica a escala nacional, al crear bloques de intereses opuestos y requerir el cierre de fronteras, genera inevitablemente fricciones internacionales. Sustituir la competencia entre individuos por negociaciones entre Estados organizados como cuerpos comerciales no reduce el conflicto, sino que lo transforma en una lucha de fuerza entre Estados poderosos no sujetos a una ley superior. La victoria en la guerra podría simplemente crear un mundo de múltiples socialismos nacionales en conflicto perpetuo.
- La planificación económica internacional es presentada como una solución aún más peligrosa. A mayor escala, menor es el consenso sobre valores y fines, y mayor la necesidad de recurrir a la fuerza y la coerción. Proyectos como la "planificación para igualar los niveles de vida" en regiones como la cuenca del Danubio implicarían que una autoridad central (probablemente las potencias victoriosas) decida, de manera arbitraria e inevitablemente percibida como injusta, el orden de prioridad del desarrollo de diferentes naciones y grupos étnicos. Esto no sería más que imperialismo disfrazado de altruismo.
La federación como alternativa al superestado
La forma de gobierno internacional que permite transferir a un organismo internacional ciertos poderes estrictamente definidos, mientras en todo lo demás cada país conserva la responsabilidad de sus asuntos interiores, es, ciertamente, la federación.
- Frente a los proyectos de un superestado planificador, Hayek propone el principio federativo. Una federación no concentra todo el poder, sino que divide la soberanía, asignando a una autoridad supranacional sólo poderes estrictamente definidos, principalmente de carácter prohibitivo: la capacidad de decir "no" a medidas nacionales que dañen a otros países. Este poder debe circunscribirse al mínimo necesario para mantener relaciones pacíficas, similar al Estado liberal del laissez-faire.
- Este sistema, argumenta, es la única manera práctica de tener un verdadero Derecho internacional, que requiere un poder coercitivo para hacer cumplir las normas. La federación limitaría naturalmente los tipos de planificación dañina (como el restriccionismo) mientras deja espacio para la planificación deseable a nivel local. Además, al reducir la necesidad de que los Estados individuales sean lo más fuertes posible, podría incluso invertir la tendencia a la centralización y fomentar una mayor autonomía local, que es la verdadera escuela de la democracia. La oportunidad de la posguerra es que las grandes potencias, sometiéndose primero a este Estado de Derecho internacional, adquieran la autoridad moral para imponerlo a los demás.
Conclusión: La necesidad de un nuevo comienzo liberal
El principio rector que afirma no existir otra política realmente progresista que la fundada en la libertad del individuo sigue siendo hoy tan verdadero como lo fue en el siglo XIX.
- En su conclusión, Hayek rechaza la idea de bosquejar un plan detallado para el futuro, enfatizando que lo urgente es liberarse de los errores intelectuales del pasado reciente. El camino no es inventar nuevos mecanismos para "guiar" al hombre, sino apartar los obstáculos que la "locura humana" ha acumulado y crear condiciones para que florezcan las energías creadoras individuales. Se necesita el coraje de "comenzar de nuevo", incluso si eso implica un retroceso temporal (reculer pour mieux sauter).
- El autor desmiente la acusación de que sus ideas son una mera vuelta al siglo XIX. Afirma que es la generación del siglo XX la que ha trastornado todo, no sus abuelos. El verdadero progreso, sostiene, sigue dependiendo del principio de la libertad individual. Los jóvenes que desconfían de las ideas de sus mayores no deben rechazar los ideales liberales del siglo XIX, que apenas conocen, sino las tendencias colectivistas que han dominado el siglo XX y han llevado al desastre. La tarea es intentar de nuevo alcanzar esos ideales de libertad.
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